En estos tiempos de cambio, muchos padres, maestros y personas relacionadas con la formación de los niños no saben cómo manejar adecuadamente el tema de la sexualidad. Lo más adecuado en estos casos es conocer lo que los expertos han investigado sobre este punto para afrontar adecuadamente la educación sexual.

Lo primero que hay que hacer notar es que una cosa es la sexualidad y otra el sexo. La sexualidad es una conducta compleja que tiene dimensiones biológicas, culturales y sociales. El sexo es el apoyo físico de la conducta sexual que puede adoptar muy distintas formas de sexualidad.

Desde un punto de vista estrictamente biológico la vida humana se organiza en dos sexos femenino y masculino con caracteres iniciales primarios diferentes: vagina y pene (existen los hermafroditas, pero son una minoría cuyo estudio trasciende este escrito). El sexo biológico viene dado en la estructura corporal, pero se va modulando social y hormonalmente.

Qué es la ansiedad

El hipotálamo es la estructura cerebral en donde se liberan las hormonas que controlan la glándula pituitaria para que ésta regule el nivel hormonal general y también el sexual. Estas estructuras producen los niveles de hormonas sexuales, regulan la aparición de la pubertad y son las causantes de su descenso en la vejez

Socialmente a cada sexo biológico se le asigna un papel. En las sociedades muy primarias el hombre pelea y busca alimento y la mujer se encarga de la prole. Este cliché se mantiene o no según las circunstancias sociales. En las sociedades desarrolladas esto ha cambiado diametralmente, primero porque la mujer trabaja fuera del hogar igual que su pareja por tanto caza y defiende para sus hijos y segundo porque ya no se tienen hijos y los pocos que se tienen ambos miembros de la pareja asumen por igual la responsabilidad parental.

Es evidente que en este cuadro falta el papel de la cultura. Cuanto mayor es el nivel cultural de una sociedad y de cada individuo más equilibrio se encuentra en los papeles asignados a los sexos. En una sociedad como la nuestra hay individuos suficientemente incultos que conservan los patrones de comportamiento elemental.

Por tanto un niño/a nace con un sexo biológico y su entorno va introduciendo actitudes e ideas que van a condicionar su conducta e identificación sexual. Y esto es lo que debe preocupar: ¿qué actitudes e ideas son las adecuadas para que un niño desarrolle adecuadamente su sexualidad?

No es una pregunta fácil de contestar porque el tema es muy complejo y tiene muy distintas facetas y como todo está sometido a una evolución. Por tanto los adultos tiene que estar en una actitud de apertura a la información y respeto hacia cualquier tipo de instalación sexual de sus hijos que viene dada biológicamente.

En primer lugar hay que saber que el sexo biológico no está concluso hasta la pubertad tardía, por tanto la sexualidad puede dirigirse a personas del sexo opuesto o del mismo sexo. Los niños y niñas empiezan a interpretarse socialmente como tales entre los 2-3 años, con mensajes que dan los adultos ajustados por el papel sexual de la sociedad. En este momento los caracteres primarios son el único signo de pertenencia a un sexo y hay que recurrir a la inspección de los genitales para saber si un individuo es niño o niña. Hacia los 7 años ya aparece la identificación sexual personal, muy condicionada por la puesta en marcha de las gónadas, los niños y niñas se sienten o no identificados con su sexo biológico y social.

Los niños y niñas, antes de los seis años, juegan juntos indiscriminadamente, pero desde los siete hasta los 12 (lo que Freud llamó período de latencia, latencia de problemas) comienzan a tener preferencia por los juegos con compañeros del mismo sexo, porque los papeles sociales y el diferente ritmo de maduración los separa.  Cuando la pubertad se pone en marcha el interés por el sexo opuesto varía la tendencia anterior y vuelve el deseo de encontrarse chicos y chicas.

En este punto se hace más patente para los homosexuales el deseo de permanecer con compañeros del mismo sexo y la atracción que le producen por los mismos. Los enamoramientos en esta edad son la prueba de la orientación sexual de cada cual. También en este período aparece la disconformidad con el propio cuerpo. Hay personas que no se sienten bien en el sexo que la naturaleza les ha asignado y quieren modificar su cuerpo para convertirse físicamente en individuos del otro sexo. En el caso de la homosexualidad no hay disforia corporal (puede existir la social si su entorno no es aceptador), pero en los transexuales si y es una situación muy difícil psicológicamente.

Durante la pubertad se dan episodios sexuales con sujetos del mismo sexo, aunque no haya homosexualidad básica y se deben a la necesidad de exploración de los adolescentes. La identificación sexual se consolida al final de la pubertad. Es muy esclarecedor el caso de los sujetos cuyo aparato genital al nacimiento es indeterminado (hermafroditismo). Los expertos en la materia en los años ochenta empezaron a tratar hormonalmente a estos niños para promocionar el sexo que resultaba más prominente en su estructura genital y llegaban a la pubertad con una estructura genital determinada. Todo parecía muy racional y adecuado, pero con el paso del tiempo se encontraron que muchos de los sujetos adolescentes, tratados hormonalmente, no aceptaba ese sexo asignado y se identificaban con el otro sexo. Este hecho ha orientado a los especialistas a esperar a la pubertad para iniciar el tratamiento. Esto se debe aprovechas también para los niños de la población general.

Las relaciones sexuales es el otro caballo de batalla. La tendencia es a un adelanto de las primeras relaciones sexuales. Un varón tiene alcanza la madurez sexual a los 14 años y la mujer a los 13. En una sociedad elemental la madurez sexual y la social coinciden, en una sociedad desarrollada se distancian cada vez más. Esto es algo que hay que pensar cuando se plantea la educación sexual.

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Todo esto debe orientar a todas las personas que cuidan a niños a tener una sensibilidad especial en la educación sexual. Los consejos podrían ser los siguientes:

En la primera infancia hay que cuidar el conocimiento y la consideración del cuerpo como un bien. Hay que enseñar en donde es adecuado desnudarse o no y hasta donde hay que aceptar un acercamiento corporal por parte de cualquier persona (el abuso debe estar contemplado en la educación de un niño pequeño). Contestar con veracidad y sencillez cualquier pregunta que formulen sobre sexo.

En la segunda infancia estar atentos a su identificación sexual y aceptar amorosamente cualquiera que ella sea. Fomentar el respeto hacia los individuos de otro sexo y cuidar que las fuentes de información sean de calidad. Parece que la pornografía está progresando y esto es como enseñar lo que son las relaciones humanas poniendo escenas de guerra.

En la pubertad hay que hablar del deseo sexual, de la necesidad de control de natalidad mediante anticonceptivos, de la desinhibición que produce el alcohol, de los sentimientos propios y los del otro ante las expectativas de una relación sexual, de las diferencias que pueda haber en las mismas. Hay que advertir que las parejas pueden cambiar, pero que la promiscuidad no es la meta.

En resumen, se debe trasmitir que el sexo es una actividad placentera con consecuencias sentimentales, sociales y biológicas en la vida propia y en la de la pareja. Pero sobre todo se debe trasmitir que tanto los hombres como las mujeres tienen los mismos deberes y derechos respecto de la sexualidad y que ya no es tiempo de una doble moral. La pareja igualitaria debe ser el objetivo.

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Evaluación Clínica: Diagnóstico, Formulación y Contrastación de los Trastornos Psicológicos. Mª Victoria del Barrio. Editorial Uned (2019)

Emociones infantiles: Evolución, evaluación y prevención. Mª Victoria del Barrio. Editorial Pirámides (2002)

Autor

Doctora en Psicología Clínica
Número colegiada: M-13580
Especialista en Psicopatología y Evaluación infantojuvenil
Premio Aitana por su contribución a la psicología infantil
Premio José Luis Pinillos por su Excelencia y la Innovación en Psicología (2016)
Medalla Universitat de València (2019)